La vida no importa tanto como la obstinación por el poder. Los ciudadanos pasan a ser juguetes, marionetas de una guerra injustificada que busca su excusa con misiles que persiguen a inocentes y buscan acallar a quienes están en contra de una dictadura despiadada.
En este conflicto, los reporteros de guerra arriesgan sus vidas por mostrarle al mundo las atrocidades de quien se niega a dejar el poder y las consecuencias de unos pensamientos retraídos y ambiciosos.
No hay quien se salve, la vida de nadie vale en esta guerra. Sólo importa ganarla, ganarla a toda costa aplacando a miles de personas. Ya van 7.600 desde que comenzó la batalla en Siria en marzo de 2011 y parece que ese número es poco para lo que falta.
La realidad del país árabe es trágica. Nadie está exento de la muerte y los misiles son la amenaza contra quienes pretendan oponerse al régimen. Los periodistas son quienes llevan la peor parte, quienes, tratando de contarle al mundo lo que sucede, se exponen a perder sus vidas.
Hace unos días, algunos periodistas salieron victoriosos: lograron escapar de la asediada Homs. No todos con tanta suerte como la periodista francesa que resultó herida, pero todos ellos con vida. A diferencia de Marie Colvin y Remi Ochlik, quienes no contaron con la misma suerte y perdieron sus vidas denunciando al mundo las violaciones contra los derechos humanos que se están cometiendo en Siria.
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